domingo, 12 de julio de 2009

Rememberes: a la busca y captura de Dipodomys deserti

Vámonos al año 99, estancia en Marruecos, investigación zoológica en los parajes desérticos y montañosos más diversos.


Marruecos está muy bien si eliges ese país como destino turístico, con tus guías y tal, con hoteles con agua caliente y desayunos preparados, con visitas y tés con menta, con tu mirada orientada a las lejanas dunas llenas de arena guarra que se mete en los ojos, pero yo, turista de clase A no voy a verlas más cerca que lo que esta terraza, tomando el fresco, me brinda...

Pero Marruecos tiene otro encanto si vas allí con intenciones laborales o investigadoras, tiene otro aire: cálido, abrasador, sofocante. Y otra arena, que se te clava en la cara, que te empaña los ojos hasta que ya no ves; entonces te echas unas gotas de suero y ya sí que te transformas en Rompetechos durante dos horas, porque las lentillas son dos croquetas debajo de los párpados.
Y Marruecos, entonces, es diferente.
Lleno de esos señores marroquíes que no son lo que se dice afables, llenos de esa gente poco dada al baño diario, lleno de calor, sol y arena... como más... hostil.

Y allí estaba yo, junto al todoterreno, sin saber donde meter la cabeza para que el viento dejara de impactar toda la arena del mundo en mis oídos, en mis brazos, en los párpados.
Allí estaba yo con mis compis de la Universidad, en medio de la nada, pero la nada a cuarenta grados y con un viento que eolo competía en malhumor conmigo, y por toda ayuda: una guía de mamíferos y mi cara de 'qué hacemos aquí?'.

Así que seguí rezumando mi habitual mala 'follá', pero esta vez a litros, haciendo gala de la poca simpatía que me embarga en los momentos de ignorancia absoluta, con una sonrisa de medio lado por no ponerme a llorar, en un paisaje en el que perdía la vista (la que aun me quedaba porque en un momento de acierto me quité las lentillas y me puse las gafas esperando que se rayaran bien con aquel papel de lija volador), donde sólo divisaba piedras y piedras en la soledad de la planicie inhabitada.

-Esto es la hamada

-la 'jamada'??- contesto yo con cara de acelga
-sí, que significa desierto pedregoso.
-Un iluminado el que le puso el nombre. No podía definirlo mejor.

Y levantando la vista, intentando no sentirme en los subterráneos de la desolación para encontrarme con esto:



Y me siento... no en los subterráneos, en los subterráneos de los subterráneos, en las profundidades abisales del desaliento, en la desesperación del pesimismo.

-Bueno, mochuelin.. qué tenemos que encontrar aquí?
Estamos varios compañeros, somos todos zoólogos en ciernes, me miran esperando que mi respuesta sea halagüeña, pero trabajar con fauna, muy lejos de tu casa no es nunca fácil, porque estamos allí censando especies y buscando algunas de ellas en los sitios más extraños, la mayoría reptiles, pero en esta ocasión se trata de un mamífero.

Miro mi lista, miro mi libro, levanto los ojos, me quedo 'ojipláticamente' observando la lontananza, y esta vez sí que me empiezo a reir sin parar, pero a reir histéricamente con el libro cayéndoseme de las manos...

-Qué pasa? de qué te ríes?

Y casi no puedo ni hablar, ¡¡es que me resulta más que imposible que encontremos vida allí !! Y aún menos lo que pone en mis notas de campo y libros,!! y tartamudeando de la impresión, articulo como puedo:
-pues,.... jajajaja, pues tenemos que encontrar aquí a la señora Dipodomys deserti...jajajaja, más conocida en el bar de la esquina como doña rata canguro o yerbillo, y la verdad es que las estoy viendo aquí a cientos, jajajaja, cuidado que pisas una!!

Digo señalando con el dedo a sus pies.
Y ya sí que no me para nadie, porque he entrado en una espiral de risa histérica, absolutamente imparable.

Poco a poco empiezo a normalizarme, me recompongo y entonces descubro a un grupo de niños, que no sé de donde han salido. En Marruecos es así. Los niños son seres que aparecen de la nada y ya no te dejan en toda la estancia, y que yo creo que deben vivir bajo la tierra. Niños topos... Pero sé que no, que en realidad viven en cabañas hechas de adobe de camello y coronadas por antenas parabólicas que en mi país no he visto nunca, y menos aún del tamaño de paelleras de 30 comensales..., bueno, que los niños llegan y me preguntan:
-Qué 'quiere' tú?
-Estamos buscando un animal.
Les contesto muy despacio para que me entiendan porque no hablo una papa de francés, pero ellos no tienen problema alguno, si les hablara en suajili también me entenderían.
-Qué 'busca' tú?
Abro mi guía de campo, la abro bien para impresionarlos y se la acerco a la cara morena de ojos negros intensos, de grandísimas pestañas, que a diferencia de lo que me ocurre a mí le valdrán para detener el ataque constante de la arena desértica y no parecer que estás de porros hasta las orejas, porque parezco vampiro desértico de la subvariedad emporratus..., con unos labios carnosos y unos dientes inmaculados, con cara de granujilla, pero de niño, con esa ingenuidad aún intacta pero mancillada por la necesidad de buscarse la vida... nada menos que en la hamada, donde yo habría cascado en cuestión de tres días y largo lo estoy echando.

-buscamos esto,-señalo con el dedo enfatizando la grandeza de la operación- esta rata, la rata canguro.



Los niños se acercan a mi libro, miran el dibujo con atención, yo creo que miran la foto, pero el propio libro ya les puede sorprender, porque no me parece que en aquella parte del mundo haya muchas ocasiones de tener una guía de mamíferos.

El cabecilla no lo duda, mientras se desenrolla de la cintura su honda me dice mirándome a los ojos:
-Cuatro dirhams... y dos 'estilografs'.
-Te doy tres dirhams.
Así son las cosas en Marruecos, se negocia todo, por duro que parezca negociar con niños pobres, ellos esperan eso también.
El jefe de los niños mira a sus compañeros y asiente.
Meto la mano en el bolsillo, saco los tres dirhams y mirando a mis compis que me dan dos bolígrafos se los muestro, que los vea bien, pero no se los doy porque en Marruecos aprendes que hay que pagar al final, sino pagarás dos veces.

Y el trato se ha cerrado.

La pandilla de niños del desierto, que me recuerdan a Madmax, con sus harapos a modo de ropa, tan llenos de polvo como mis pestañas, se desplazan a un promontorio cercano, una roca muy grande en la que se suben todos, nosotros detrás, con nuestras ropas de coronel tapioca y de quechua y cosas de esas y con nuestras buenas botas guaterprof merrell y timberland y nos cuesta la vida misma subirnos allí, mientras me fijo que el niño mejor pertrechado lleva unas chanclas de dedo (?¿?) y el ataque de vergüenza es aún mayor.

Alí, el de la hamada, que ya lo he bautizado yo, mira al horizonte, todos los imitamos.
No veo NADA de NADA, los compis igual de cegatos que yo, pero los enanos no hacen más que chapurrear y reirse, yo creo que de nosotros y con razón, es en esos momentos cuando te das cuenta que el trabajo de campo se estudia en el campo, y que la Universidad poco aporta a estos trances.
De repente empieza a hacer girar ese objeto extraño que es la honda, sobre su cabeza.
La honda es un objeto simple y rayano en lo absurdo, que no cumple la lógica que imagináis: una herramienta de tal simplicidad tiene un mecanismo de uso directamente proporcional a su construcción... MEEEECK!!! error.
Una honda requiere esta vida completa para aprender a usarla y parte de la siguiente... al menos en mi caso, pero Ali gira y gira aquello, que zumba sobre nuestras cabezas, porque estamos cuerpo a tierra en misión de búsqueda, aumentando su aceleración a cada vuelta y cumpliendo las leyes de la física más complejas de la velocidad angular y el movimiento del sólido rígido.
Y en un hábil movimiento de muñeca y de dedos la piedra es liberada, saliendo despedida como un misil que atraviesa la capa de polvo y arena, que se desplaza como un disparo en una curva parabólica, que dura décimas de segundo y que acaba impactando en un punto perdido en la distancia, donde yo aseguro que habia lo mismo que en el resto de lugares de aquel desierto:
N A D A.

Pero los niños brincan del monolito descendiendo en un par de saltos de cabras alpinas y nosotros, que nos pesan las botas y la ropa cara, bajamos como hipopótamos de un trapecio y corremos detrás de la banda de niños que después de ser cabras se han transformado en guepardos.

Llegamos resoplando y Alí se acerca a mí para enseñarme en su mano la rata canguro.
Con los ojos medio cerrados, con las patitas hacia arriba y con una respiración acelerada que es lo único que me indica que está viva. Saco los dirhams, los bolis, se los entrego y él me deposita aquel despojo de rata canguro en mi mano, con poco cuidado la verdad. Miro a mis compis y todos nos vamos al coche todoterreno que está aparcado lejos de allí, caminamos o medio corremos deprisa, los niños nos siguen, revolotean a nuestro alrededor como moscas, somos una primicia en la hamada, que allí pocas novedades deben ocurrir, un día una tormenta de arena, otro día otra, un par de días que la temperatura pasa de cuarenta y dos grados, cosas interesantísimas, la verdad.

Trasladamos nuestra pequeña y medio muerta Dipodomys deserti debajo del coche, para lograrle algo de sombra, iniciamos la instalación de la UVI de ratas canguros en hamadas, sacamos la cantimplora, le ponemos agua en la cabecita, con la intención de que vuelva a este mundo, sacamos la balanza, la pesamos, luego con el vernier la medimos, un poco más de agua, y por último le cortamos una uñita de la pata delantera derecha para marcarla.
Abro una coca cola, le ponemos un poco en el hocico, con la intención de que los azúcares del refresco le ayuden, y la chispa de la vida parece igniscir su mecha vital.

La pobre rata canguro empieza un leve movimiento de recuperación, poco a poco se va animando, parece que la vida vuelve a ella, comienza a conseguir ponerse de pie sin caerse, la ponemos debajo del coche, aún más en el centro, estamos tumbados adorándola, le volvemos a echar agua, levemente un movimiento de sus patitas, como unos leves saltitos que no la hacen moverse del lugar, pero que la mueven verticalmente con una cadencia que invita a pensar que se está recuperando, y esos movimientos van aumentando, van adaptándose a un ritmo normal, y comienza a separarse del suelo, inicia así unos leves pasos y se desplaza lentamente, con miedo y con cansancio, recien recuperada del trauma de su vida, y la Naturaleza obra su milagro. Y la coca cola también.

Y la pequeña rata canguro sale correteando en una danza loca e irregular que poco a poco se alinea en una marcha normal y más rectilínea, de debajo del coche, de esa sombra protectora para perderse en el desierto, en la árida hamada que la vió nacer.

Cuando ya es un puntito marrón que se va a perder de nuestra vista, un proyectil rocoso se estampa contra ella, una pedrada en toda regla le acierta de pleno, una buena puntería, se me desencaja la mandíbula y la boca se me queda abierta mientras me entra un aire ardiente de aquel infierno de locos y de fondo escucho la vocecita de Alí, el de la hamada:

- Tres dirhams y dos 'estilografs'....


Epílogo:
Pagué, pagué y pagué los tres dirhams y otros tres más para que no hubiera más pedradas, me enfadé con rabia y con espumarajos, pero de nada vale cuando la vida tiene lugar en África indómita y salvaje, que así llamaba yo a esa parte del mundo, que me enseñó muchas cosas... Ah, si! La rata canguro fue recuperada y liberada en otro punto de la hamada porque no me fiaba de nadie con honda, supongo que bastante noqueada, pero ese día le tocó a ella ser la estrella de la hamada, el precio de la fama... tres dirhams y dos estilografs...


;P

9 cosas dichas:

Miski
13 de julio de 2009, 13:08

¿Es verídico? Fascinante relato!!!!
Si es verídico, qué suerte estar trabajando de zoólogo y si no, escribe un libro que tienes maneras...

mochuELIn
13 de julio de 2009, 14:07

es verídico, siempre es verídico. Ahora no trabajo en la zoología, pero no me he desvinculado de mi pasión. Gracias por el halago que para mí supone que me animes a escribir.

X
13 de julio de 2009, 16:54

Maravilloso, aunque me habría entristecido sobremanera si al final la rata canguro hubiera muerto. :-(

ALGA
14 de julio de 2009, 13:09

y tanto que es verídico, Miski.
Son las aventuras mochuELIneras, que dan para escribir un libro.

Por cierto Mochu, es una historia guapi guapi, pero de tu periplo por Africa, (y de lo que allí viste), creo que has pasado por alto algunos detalles, que digamos son más...escatológicos. ¿te atreverías a contarlos? jijijij. mua!

mochuELIn
14 de julio de 2009, 20:03

jajaja!, Alguilla, q maldad contenida! Contaré más, pero en cómodos plazos. Al menos nos reiremos, yo escribiendo y, espero, que vosotros leyéndolos.

Paco
16 de julio de 2009, 12:11

obviando lo anterior... yo no puedo ni quiero ir a MArruecos... me gusta su gente pero no sus gobernantes, corruptos y torturadores... toma como ejemplo el pueblo saharaui

saludos

JuanRa Diablo
16 de julio de 2009, 18:09

Qué aventura la tuya, muchacha! Asada, medio ciega y muerta de risa en la hamada! Supongo que aunque adorarás tu trabajo también habrás tenido que pasar pruebas de fuego.
Jajaja, me imagino a la pobre rata canguro comentando a sus congéneres que ese día probó la Coca Cola, lo rica que está... y lo mucho que duele!!

A mí también me ha dado por hablar de un exótico viaje en mi blog.
Un saludo!

JuanRa Diablo
24 de julio de 2009, 18:56

He dejado algo para tí en el infierno.

ALGA
28 de julio de 2009, 7:43

¡¡¡MOCHU 2 MOLES!!!

Y UN PREMIOOO EN EL INFIERNO!

BUENO BUENO QUE VAMOS VIENTO EN POPA

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