sábado, 13 de febrero de 2010

Licencia para matar III

Forfi era de color gris. Y había sido un regalo de mi Angelito de la guarda.



Su línea era juvenil, dinámica, era realmente un compañero de carretera fiel que me llevó a recorrer media España, poseía un buen bollo bajo el capó, debido, según el dueño anterior, a un atropello de un perro (que debía ser como un miura) pero que no le afectaba para nada en su desarrollo como máquina de correr. Y he dicho máquina de correr por no decir máquina de volar. A los cien kilómetros por hora, Forfi tenía lo que yo llamaba 'los temblorcicos de la muerte', pasando los ciento veinte, se deslizaba como un bólido sin alteración alguna. Y consumía una insignificancia. Era realmente un coche capaz de dar las satisfacciones que cualquier conductor nobel esperaría, y con los problemas justos que todos evitaríamos. Forfi, como era de imaginar, se trataba de un Ford Fiesta del 95. Verdaderamente una joya de la automoción.



Y allí estaba, aparcado en la puerta de casa, mirándome con sus faros tristes, preguntándose cuándo llegaría el día en el que ambos compartiríamos todos esos momentos juntos. Y yo me hice la misma pregunta. Y decidí que el día había llegado, que ya eran suficientes las clases y las horas de formación y que era más que capaz de conducir mi maquina de volar. Así que entré en Forfi, giré la llave y escuché el ronroneo de su motor. Bien, vivo en un lugar frío por antonomasia, en las altas cumbres como Heidi.


He tenido diferentes coches, todos con más o menos capacidad de denominarse buenos coches, pero ninguno, ninguno, ha tenido esa chispa de velocidad que tuvo Forfi, podía estar todo nevado, Forfi arrancaba a la primera y lo que es más, salía disparado como una flecha, y ese día, que era muy soleado pero frío, no estuvo a la zaga. Salió a escape dirigido por mí, que aún no tenía ningún tipo de documento que me acreditara con la capacidad de conducir máquina alguna, que no fuera una bici y con cuidado. Pero yo me lancé calle abajo, y cuando digo calle abajo es así, una cuesta muy empinada, que yo enfrenté como me habían enseñado a conducir, pisando el embrague, y Forfi se desbocó. Recuerdo que en ese momento yo no lo conducía, él, al accionamiento del pedal de embrague, tomó vida propia y se embaló en un descenso vertiginoso hacia una cuesta de pendiente muy considerable, que contenía en su dirección una curva cerrada a la derecha, una señora paseaba tranquilamente en el ascenso al Aconcagua, y vio como un coche de color gris plateado se le venía encima sin compasión. La recuerdo abrazándose a una reja de una ventana y elevando los pies en un intento desesperado de volar o trepar en la verticalidad de la fachada de la casa a la que yo parecía irme sin remisión. Le grite: 'perdoneeeeeee, lo sientooooooooo!!!' y con un giro de volante seguí mi descenso imparable con Forfi como conductor oficial, porque yo aquella bestia no la manejaba.
Cuando llegamos al final de la cuesta, volví a hacerme con él, simplemente dejando de pisar el embrague. Avancé por la calle y me recoloqué en mi asiento, respiré y miré hacia delante. A la derecha la furgoneta de correos, a la izquierda la oficina postal, con una acera minúscula, que es una decoración, de dos palmos de ancha, observé con determinación: 'Sí, por ahí cabemos, todo lo más que debamos subir a la acera'.
Y allá fui!!. Avanzando con decisión, resueltamente, sin duda, con arrojo, coraje, audacia… Jo… por aquí no quepo!! Y allí estaba yo, con una furgoneta a la derecha y a la izquierda un edificio. Y con un problema, porque no sabía usar el coche en todas sus facetas, como por ejemplo, la faceta, casi sin uso, de marchar hacia atrás!.
Pero no había muchas alternativas, realmente ninguna. Así que me dediqué a hacer lo que me parecía más acertado, pedí socorro por la ventanilla: 'Socorro!!... alguien me puede ayudar?', pero nadie acudía a mi rescate, pensé en abrir la puerta, imposible, ambas bloqueadas, ah! Pues salgo por el maletero… pero cómo se abre desde dentro?... uff, qué hago?. Bien, sólo quedaba algo más que hacer. Cerré los ojos, apoyé con fuerza las manos en el volante, avancé despacio mientras esperaba escuchar un chirrido insoportable de la chapa destrozándose contra la pared, o contra la furgoneta de correos, ya me imaginaba la situación, perdón, fue sin querer. Es que, bueno, estoy aprendiendo, carné, ehh, aun no tengo, pero eso es importante?, ah! Que sí, vaya, que contrariedad!. Y entonces abrí los ojos, y allí estaba, más allá de ese sitio infernal, había pasado, había atravesado ese estrecho. Estaba libre!!Así que corrí y corrí, y me sumergí en caminos de cabras, en bosques perdidos a los que era la primera vez en mi vida que accedía en mi propio vehículo, a montes y montañas, a mis sitios privados y secretos que me hicieron, indefectiblemente, elegir este sitio para vivir, porque son simplemente mágicos, y yo los recorría ahora en mi propio coche, en mi Forfi que avanzaba tan feliz como yo.

Llegué muy lejos, mucho más, estuve conduciendo una hora y media, y descubrí que aquello me gustaba, que era algo que me hacía libre, más aún de lo que ya soy. Lo peor fue el regreso. Porque en mi huída hacia delante fue también hacia abajo, descendiendo cuestas que pasaron inadvertidas para mí, pero ahí seguían a la vuelta!! Y ahora eran hacia arriba!! Me remito a un par de post anteriores donde una persona preguntaba si una cuesta ascendente es para arriba o para abajo) estas eran TODAS para arriba!! Y Forfi como una burra vieja se iba para atrás!, y vaya, qué desastre! Si la ida fue de hora y media, el regreso superó con creces las dos horas, porque no había manera, además, sudaba como un pollo en agosto (mencionaré que era diciembre) y que me dolían los pies y las manos de la tensión.
Jó, al final no me iba a gustar eso de conducir!!

;P

3 cosas dichas:

ALGA
14 de febrero de 2010, 11:59

Por-Fin conocemos a Forfi! Qué bien!
y vaya aventura!

Casualmente, mi primer coche también fue un Ford Fiesta. En este caso, le llamábamos Forito y era tremendamente tozudo. Para meter 1ª había que pisar 3 veces el embrague, meter la marcha-atrás era una proeza y el ruido que hacía parecía un rugido de Fórmula 1. Aunque es cierto que lo recuerdo con mucho cariño y que nunca se me olvidarán las palabras de mi padre: "hija mía, si aprendes a llevar este coche, conducirás cualquier cosa, asi que no desesperes". A lo que yo le contestaba: "Qué positivo eres papá! Siempre me han gustado las personas que ven el vaso medio lleno"
Lo cierto es que Forito se hizo uno más de la familia y todavía está en la cochera de mi casa.

maribel
16 de febrero de 2010, 12:36

ESTA licencia pa matar III no la he visto a través del facebuke. Me gusta leerlos pq me recuerdan a mí conduciendo, aunque yo todavía tengo mi primer coche, era de mi hermano pero está feten, un polo, yo lo llamo Fito!!!No me meto en los blogs, sois tantos los que los teneis que... me vuervo loca!!! Aunque en el tuyo hoy me he metio, espero que leas esto!!! Por cierto Felipe (almería) también tiene blog,lo mismo te interesa lo que escribe..... Bztos mil y cuídate esa faringitis. SALUD Y SUERTE

JuanRa Diablo
16 de febrero de 2010, 19:02

Pa'habernos matao, que diría aquel.
A mí me subes en ese coche aquel primer día y me haces esas trastás y no te dirijo ya la palabra en ocho meses. Con lo caguetilla que soy para hacer el cabra al volante!!! :P

Ahora ya me puedo imaginar más o menos los escenarios de tus aventuras, que antes estabas flotando en la nada y no te ubicaba con "sastitud" :D

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