sábado, 16 de enero de 2010

Rememberes: Licencia para matar I

Cuando decidí vivir en el pueblo que me cobija, no conocía yo las dificultades que entrañaba la vida rural, entre otras la carencia más absoluta de medios de transporte públicos.


Había un autobús que recogía a los gélidos paisanos a las cinco de la mañana, perdón, preguntó el mochuelo en ese momento… esa hora existe?, sí, sí que existe y ya están las calles puestas. Y luego estaba la dificultad añadida de decantarse por los medios de desplazamiento limpios y sanos, la bicicleta, pero no estoy aun por jugarme la vida, ascendiendo unas cuestas con desniveles de doscientos metros en seis kilómetros, que bajo como el rayo, pero subir… para los valientes. Así que tampoco. Y el mochuelo volvió a preguntar… entonces, cómo lo hacéis? Pues autostop!, vengo de la urbanidad más extrema. De las selvas de semáforos y las alfombras de asfalto, se me dibujó una especie de mueca en la cara… están locos estos velezanos. Así que volví a preguntar… pero cómo se hace para diario? Ah! Te tienes que sacar el carnét de conducir. Pues nada, a la autoescuela, y volando, por favor.
Mi primera clase de ese desconocido mundo de la conducción se me presentaba muy interesante, con mis libros que olían a nuevo y rodeada de personas con las que tendría una oportunidad de aprender, hacer amigos e internarme en los desafíos del volante, de los complejos algoritmos de guiar y pilotar un vehículo!!, entonces alguien levantó la mano, oh! Una pregunta!! Qué interesante!!, a ver maestra, cuesta ascendente, es p'arriba o p'abajo?? Y en ese justo momento, en ese justamente decidí que no iría a más clases.
Me compré un dvd para el ordenador con muchos test y videos y me metí en mi casa, con mi pc cochambre, uno que monté a partir de un ataque de cabezonería, pero esa es otra historia que será contada en otro momento. Me sentaba con el convencimiento de que aprendería y aquello sería muy interesante y divertido y al poco me daba ganas de comer, de ver la tele, de leer a Nietzsche y de retomar la idea de desplazarme en bici. Y el tedio me poseía. Aquello me resultaba completamente absurdo!, no había lógica, ni razonamientos cabales, era un castigo infernal y sin sentido. Pero tenía que hacerlo, era necesario, así que después de respirar hondo y dejar de poner los ojos en blanco volvía a la pesadilla narcotizante de la teoría de la conducción. A las dos semanas volví a la autoescuela: hola, que quiero examinarme, pero, perdone, usted no tiene matrícula aquí, sí, sí que tengo, ah! Pues es verdad, como no ha venido a clase… sabe que puede suspender si va a hacer la lotería, no?, sí, ya. Sabe que sería bueno venir a clase, sí, sí… puede apuntarme para el próximo examen??, claro, claro, como quiera. Y fui. La gente estaba allí con esa risilla nerviosa, porque hacía un frío del carajo y porque íbamos al patíbulo. Me enfrenté a mi examen, la idea con la que yo me había planteado dicha prueba era la siguiente: lees las preguntas, luego en una segunda lectura las contestas, y exactamente así lo hice. Las leí y las contesté del tirón, ni segunda lectura ni tonterías, y cuando acabé levanté la cabeza para descubrir que nadie había entregado nada aún. La velocidad me pierde… y entonces estuve contando las vocales de mi nombre, luego las vocales con acento de la primera línea de texto, luego conté las 'jotas' y las comparé con el número de 'bes', y luego dejé de hacer el pato y decidí entregar el examen aun a riesgo de que alguien me dijera que no podía hasta que alguien más lo hiciera. Pero no me dijeron nada.
A la salida la gente decía números, yo estaba con la convicción de que se trataba de esa gente que se examinaba de camión, con fíjate tú que montón de preguntas!!, y no… eran los números de los test. No hablé con nadie, no conocía a nadie y me apoyé en una esquina a dejar pasar el tiempo de espera de no sé qué extraña cosa, hasta que apareciera el señor de la autoescuela y me devolviera a mi casa. Y el señor se hizo de rogar, pero apareció. Y traía una nota en sus manos, y la gente que había venido conmigo en el coche se arremolinó a su lado, éramos cuatro. Todos suspensos dijo, menos mochuelin, una chica dijo algo así como: no es justo, ya es la tercera vez que vengo y he ido a clase todos los días. Pero el señor le dijo que había que estudiar más y preguntar todas las dudas que se tuvieran y que no se preocupara que lo conseguiría al final. Y que yo podría ahora pasar a la parte práctica y me imagine en un videojuego en el que había superado la prueba de matar al supermalo malísimo y ya estaba en ese nuevo nivel desconocido y por supuesto mucho más edificante.
Cuando llegué a casa cogí un hilo de pescar y colgué el dvd de los test en la terraza, al sol, que sufriera las inclemencias del día y la noche y pagara con sus ralladuras y decoloraciones cada uno de los minutos que me había hecho sufrir!!


;P

3 cosas dichas:

X
16 de enero de 2010, 11:06

Jajaja, la velocidad también me pierde a mí. Al menos, en los exámenes. :P

JuanRa Diablo
16 de enero de 2010, 14:27

Y la moral se te debió poner en ascendente, osea p'arriba (o es p'abajo? :( No sé, ya lo miro luego en el diccionario... :D

Je je, me has traido buenos recuerdos de aquellos oscuros tiempos de autoescuela y tarde o temparano contaré yo algo de aquello.

Ya tardas en contar la segunda parte. Mientras tanto me quedo contando las jotas y bes del texto... XD

Dave NeWaza
18 de enero de 2010, 18:18

Ahora viene lo bueno, las prácticas con el vehículo en cuestión... ¡mucha suerte!

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