domingo, 29 de enero de 2012

Leer

Aunque no parezca cierto, el hábito de lectura ha aumentado en los últimos tiempos. No lo digo yo, lo dicen las estadísticas. 

Me resultan curiosas las cifras de informes y estudios que suelo buscar, por ejemplo, es absolutamente llamativo para mí, que en España, sigan existiendo más de 840 mil personas que no saben leer ni escribir. Cuando hablo de cifras me cuesta mucho imaginar esas cantidades, así que mentalmente suelo traducirlas a espacios o cosas familiares, para que la imagen me resulte entendible, puesto que en el estadio Santiago Bernabeu caben unas 85 mil personas, habría que llenar diez veces, aproximadamente este estadio, para poder reunir a estas personas que no saben leer ni escribir. 7 de esos estadios se llenarían casi, exclusivamente por mujeres, y tendrían más de 70 años. Pero también veríamos tres estadios llenos de hombres y algunas de estas personas serían jóvenes, muchos de ellos inmigrantes. Conozco a muchas de estas personas que no saben entender esa codificación de signos que es la escritura ni, llegado el caso realizarla, con ellas te encontrarás todo tipo de respuestas, ante el momento en el que se deban enfrentar a la lectura: no me he traído las gafas, o léeme qué pone aquí que yo no sé si lo he entendido bien... o simplemente desaparecerán en casos de lectura obligada (al pedir un menú, leyendo una carta, al recibir un documento...). Es muy triste, y si le preguntáis a estas personas analfabetas si lo es, descubriréis que es como una condena, pero no menos triste es, toda esa población, que habiendo tenido la oportunidad de haber aprendido a leer y escribir, no hacen uso de ese DON. Y digo DON en mayúsculas, porque no es otra cosa.
Es un don, un regalo, un verdadero poder.

Recuerdo el día que descubrí una biblioteca, lo tengo tan grabado en mi memoria que puedo hasta respirar el aire y el ambiente. Estaba en la puerta de un edificio extraño, era antiguo, se encontraba enclavado en un jardín, lleno de plantas, donde la luz de la tarde se filtraba por entre las hojas de árboles que a mí me parecían milenarios, cuando empujé la puerta, llevando el uniforme escolar, no debería tener más de once años y estaba lejos de mi casa, en un intento, casi suicida, por ir a una biblioteca de verdad, y no la de mi colegio, que aunque no desmerecía, no dejaba de ser una habitación grande con algunos libros. Cuando entré en ese edificio, lo primero que me sorprendió fue su magnificencia en aquel silencio donde muchas personas se alojaban, no hacían ruido alguno, ni siquiera un cuchicheo, sólo se escuchaba el pasar de las hojas, y la calma de la respiración y la paz del tiempo. Cada una de aquellas personas que hundían sus caras en libros de colores, tamaños y formas tan diferentes. Viviendo aventuras, aprendiendo cosas, encontrando respuestas, recordando citas...
Estuve en la sección de lecturas infantiles y juveniles, me atreví a coger un par de libros de Julio Verne. Todo lo que Julio escribió ha sido directamente devorado por mí, sin piedad. Y después cogí un ejemplar de un cuento-novela sobre gigantes, duendes, y seres mágicos que tanto me han fascinado siempre, soy incapaz de recordar el título. Y, al rato, levanté la cabeza para descifrar la hora de un reloj que dominaba la sala, un día contaré porqué, para mí, es descifrar las horas. Entonces, supuso un golpe, descubrir que ya eran las siete menos cuarto, y que debería irme a casa, no vivía cerca y no tenía dinero para coger un autobús, así que debía irme. Solté mi libro y traté de hacer un cálculo mental de cuantas veces debería regresar a ese castillo de los libros para poder leer ese libro, u otro, y fue frustrante, o estaba media vida en el camino, mintiendo sobre donde me encontraba (estar tan lejos de casa no lo podía hacer y aun menos sin compañía alguna), o no podría leer ese libro y otros. Entonces vi como un señor, cerraba un libro y se dirigía con él a la entrada, hablaba con una señora que estaba en una especie de mostrador, y se iba con el libro bajo el brazo. Hice lo mismo. Aquella mujer me explicó que podía llevarme el libro a casa, que tendría que tener un carné, pero que la biblioteca me prestaba el libro, creo que durante diez días, y después, lo devolvía si lo había acabado o renovaba el préstamo, si necesitaba más tiempo. Que lo debía cuidar, nada de escribir en él ni doblarle o dañarle las hojas, cosa que jamás he hecho, ni con los libros de texto siquiera, ni en mis apuntes, no escribo nada, ni subrayo nada. Si algo debo anotarlo lo hago en una hojita aparte que coloco en su lugar. Y todo gratis. Esta noticia, junto con otras que han venido a mi vida, han sido de las cosas que han enjambrado mi concepto de felicidad. Os lo aseguro. 
Cuando salí corriendo de la biblioteca, sabiendo que ese libro, durante el tiempo de préstamo, era mío, sabiendo que podría regresar y poder leer todo lo que quisiera, sin fin, para mí, supuso una especie de felicidad enorme, un sueño maravilloso convertido en realidad. Es, sin duda, una de las experiencias más cálidas y agradables, que tengo guardadas, como tesoros de valor incalculable.
Por eso no entiendo a la gente que no lee. No me resulta capaz de ser analizado, racionalizado..., porque para mí, es como una enfermedad. Todos los días, sin excepción, debo leer, si no tengo nada que leer lo busco, aunque sea un prospecto. No consigo dormir si antes no he tenido mi dosis de droga, en forma de lectura. No puedo imaginar la vida sin nada que leer, sin nada en lo que refugiarme, sin las letras, sin las palabras, sin leer.
Pienso, que todas esas personas que no leen, deben, por lo que a mí me aporta el hecho contrario, ser más infelices que yo. Pero no lo saben. Y si se lo dices, les molesta. Ya lo he intentado muchas veces, y no sé si me puede más las frustración o la pena. 
También he leído los informes sobre hábitos de lectura en España en el anterior año, y por sorprendente que parezca, a mí me sorprendieron, parece que cada vez leemos más. Casi un 62 por ciento de la población mayor de 14 años, es lectora. Bueno, esta cifra puede inducir a una felicidad exagerada, porque aquí se engloban lectores de ocio, de estudio, de trabajo... es decir, todo el mundo. Pero es una cifra maravillosa. Porque también es mayor el porcentaje de personas que lee a diario en su tiempo libre, un fantástico 58%!!, un punto más que el año 2010. A mí me parece magnífico que cada vez haya más personas lectoras, porque son más personas felices.
Es cierto, que la crisis que vivimos, nos ha forzado a usar servicios, como las bibliotecas, que estaban en puestos muy olvidados, frente al cine o al ocio que implicaba consumo. Ahora, personas desempleadas y con demasiado tiempo, han descubierto el placer de leer. Eso me produce una felicidad sólo parcial. Y espero que su tiempo de ocio forzado, se vea pronto limitado, porque han logrado el puesto laboral que tanto anhelan.


Aprovecho esta entrada, no solo para contar que me gusta leer, sino para dejar un par de programas que os permitirán hacerlo en vuestros ordenadores, no es lo más cómodo para los ojos, pero pasamos muchas horas en estas pantallas, porqué no leyendo?
Este es Calibre, el mejor programa de lectura y organización de libros en un ordenador. Es de código libre, por lo que no tienes que pagar la licencia, aunque puedes aportar al proyecto si te gusta y te apetece. Podéis descargar la versión que mejor se adapte a vuestros equipo, porque da soporte a todas las plataformas. Una vez descargado, basta con ejecularlo y ya lo tendréis en vuestro ordenador.
Pero necesitaréis algunos libros para llenar las estanterías de Calibre. Os dejo un enlace donde podréis encontrar libros, no sé el tiempo que durarán, dada la situación actual. 

Espero que disfrutéis de este tesoro y os ayude a ser un poco más felices. En este otro enlace tenéis libros en epub gratis y legales, además podréis comprar los que consideréis. El precio suele ser abusivo, pero de ese tema hablaré otro día.

;P

2 cosas dichas:

JuanRa Diablo
30 de enero de 2012, 15:56

Pero cómo no quieres que perdamos aquí nuestro valiosísimo tiempo, si esto es un chollo-blog: se aprende, se disfruta de una lectura envolvente, se comparten páginas interesantes...

Me he sentido muy identificado con las descripciones de felicidad relacionadas con la lectura. Esa sensación tan agradable que no se ha diluído por más años que han pasado la tengo yo en aquella primera vez que compré una novela con mi dinero y la leí entera. ¡Qué adulto y qué satisfecho me sentí! Desde entonces fue un no parar, el mejor de los vicios posibles.

Acabo de bajar y leer del último enlace El diablo y el relojero, de Daniel Defoe (¡Cómo no! :p)

Eli E. Torres
3 de febrero de 2012, 14:25

Querido JuanRa Diablo, se te nota a ti que eres tambien un vicioso de las paginas, de las letras, de las sensaciones ocultas y maravillosas que nos da la lectura, por eso eres mi amigo, claro que si!!, gracias por leer, por leerme mas gracias aun.

Publicar un comentario

 
¿Te ha gustado mochuelin.com?